Fuego
Tenía en mis manos una vieja bufanda tuya. Era tu aliento y tu aroma mi aire en aquel cuarto oscuro. No había nada, no veía nada, sentía el tiempo detenido en el segundo instante del inicio de la noche. Sentía frío y calor como una amenaza alrededor mío. Era oscuro como confusión y frío como el miedo que me daba tan solo estar ahí, esperándote. Partiste a tu travesía, al reto que el destino te puso y te exigió que cumplieras solo, sin mí, incluso a pesar de mi. A veces soy sucia, a veces pongo trampas para que no me ames. La tormenta que arrasaba los pinos trayendo un olor a tierra mojada y tragedia me arrebataba con cada gota la calma. Era una revolución, era un naufragio, era un nacimiento precedido por la santa muerte. No podía explicarle a mi piel o a mi mano izquierda lo que sucedía a mi alrededor. Mis pies gritaban rutas de evacuación, mis entrañas entonaban notas oscuras de una marcha que me negaba a tocar. Mi voz, mi voz huyó con el tiempo, se disolvió en la tormenta. Estando ahí no era yo, eras gas y yo una burbuja. Quería atraparte, envolverte, guardarte de la lluvia y el trueno celeste. Quería cubrirte el centro de un manto blanco y ante tus ojos ser un nuevo planeta de cristal brillante. También quería cegarte a la vida, a mis fantasmas, a que no te fueras. Ese maldito espacio, esa maldita cárcel de viento, me sentía como una silla. No podía hacer mas que esperar, esperarte, esperar. Odio haber tenido que tomar un papel para escribir mi impotencia, mis ganas de no tener ganas, mis deseos de ser ligera, de ser elegida y ser maga. Me avergüenza mi destino que me ha traído al fin del mundo donde solo existe la vida a medias, la vida a cuadros y en esta ocasión no me toco el cuadro blanco. Te escribí desde esa cárcel un verso y te lo mande con una nube. Te dije lo mucho que tenia que decirte y lo traduje al idioma más complicado de todos. No pienses mal de mí, no estaba bien en ese instante para decírtelo aunque lo hice. No podía esperar un momento especial que jamás llegaría, sino la noche cómplice de la soledad y las tormentas. Era el espacio perfecto para empujarme a la muerte y en el punto antes del final escribir el mensaje en hebreo o en latín, o en alguna lengua vieja que solo hablara del viaje de las viejas almas. Ahí te escribí un verso, colgadolo de una herida. Ahí te deje un verso esperando el sol llegar y las nubes violentadas huit, llorosas, a refugiarse con los polos o el viento, a dejarme a mi el sol que me parecía inexistente a esas horas del cansancio. Ya te fuiste, te vi partir. Estas peleando ahora, desconozco tu guerra, quizá no sea la mía. Desconozco mi noche mañana y mi corazón intacto. Estoy tomando la fuerza de la tierra mientras espero, en un cuarto oscuro y frío como danzas nocturnas alrededor del fuego, que ansioso arde deseando consumirse.

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