Haciendo el Quehacer
Existen emociones que me inspiran a escribir. Una de ellas es la repugnancia que me causa ver tu boca convertirse en alcantarilla. Me sorprende, porque para tener boca de alcantarilla debes tener un interior sumamente contaminado. Qué bien lo escondes, mi bien. Veo tus palabras cambiar de color hasta convertirse en estiércol y me aterra pensar que cada noche que abandonas mi cama, beso tus labios intensamente mientras tu dejas en ella sabandijas que me roban el sueño y engordan con mi aliento. No te puedo explicar el revoltijo que causa en mi estomago el pensar en los besos que te doy y tú me das y nos damos con los ojos cerrados, engañándonos, porque pensamos que algo tenemos juntos. Quizá piensas que tú abonas mi jardín. Querido mío, hoy te digo que mi jardín estaría más verde sin ti. Post Data, te urge una planta tratadora de aguas. Si quieres te la dibujo, por qué no? Aún cuando dudo que tengas la inocencia y claridad para entenderlo, creo que de algo serviría. Por lo menos no me ensuciarías tanto a mí. Pensándolo bien, ya no eres el misterio de labios cerrados que tanto me atraía. Ahora que dejas mi cama, sueño con muertes y sueño con ríos sucios. Ahora que escucho tus palabras, me zumban los oídos como quejándose de una melodía que no les termina de cuadrar. Ya entendí porque tanta necesidad de cottonetes. Dirás que estoy loca con todo esto que te digo, dirás que no entiendes de donde me saco tanta porquería. Pues de tí me he llenado hasta saciarme sin saber que es imposible andar entre marranos y no pisar una caca ( el dicho dice lobos y aullidos pero en este caso creo que los ofendería). En fin, ya decidí que todo pasa y tú también te me pasas a retirar. Mañana puedes venir a recoger tus zapatos y tu playera manchada de vino y viejas noches de copas. Yo me quedo aquí, pues es mi casa, recuérdalo, haciéndole el quehacer a mi espíritu hasta dejarlo brillante como el día en que me tomaba un café en una esquina, justo antes de conocerte.

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