Un secreto en mis caderas
Te confieso que guardo una historia de ti justo aquí en mis caderas. Es una historia que no contaré a nadie. Se disimulan muy bien las noches cómplices que han compartido contigo y que no regalaré a nadie más. Ya no hay la oscuridad que tanto te estremecía en mis fugitivas palabras plasmadas en tinta roja. La noche se viste de gala ante tus ojos y brilla, sincera, entre tus manos temblorosas. Se esconde conmigo esperando que nos busques, que nos olfatees entre los muros grises y las luces neon que disimulan los paraísos secretos que solo algunos podrán encontrar. Yo tengo fe en ti, en que me encuentres. Yo tengo un cielo azul que quiero darte; yo tengo un nuevo lienzo y una nueva tinta color universo para escribir versos distintos, versos de viento y sol, de brisa y caricias rosas, blancas y rojas a la orilla del mar. Mi orilla, tu barca, no hay más. Mis caderas se saben guardianas de los antiguos secretos que resurgen de nuestra memoria, del fondo de nuestros ojos y nuestras gargantas, que se describen para nuevamente crearse, que se recorren para reconocerse en el vaivén eterno del tiempo. No, ya no hay nubes negras ni oscuridad ni tinta roja. No, ya no hay abandono, ni enormes camas en noches frías. No, ya no estas tu y estoy yo y el espacio vacío que llamamos distancia. Ya solo estamos tú y yo, tus manos y mis caderas guardando un secreto que no contaré a nadie. Se disimula muy bien cuando lo guardo aquí, justo aquí, donde termina el hoy y nace tu eternidad.

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