Sunday, June 07, 2009

Aquella noche recordé, mientras la música aturdía mis oídos, aquellas sensaciones viejas que me llenaban cuando estaba haciendo exactamente lo mismo que hoy, en un lugar sumamente parecido, en unas circunstancias sumamente distintas. Recordé los gritos de mi corazón ahogados por la música. Recordé el vacío aquí dentro que buscaba llenar de palabras, esconder con pintura, con ropa linda, con gestos curiosos. Volvieron a mí las imágenes de aquellos momentos en que todo mi deseo se centraba en jugar, en pescar, en conseguir la afirmación urgentemente necesitada viéndome reflejada en los ojos de alguien más. Ansiaba unos ojos donde reflejarme, ansiaba la certeza de tener uso ojos que me mirasen. Ansiaba ser seguida en mi vaivén inconstante y tenaz sólo para probar que aquel reflejo no era sólo polvo, que trascendía el tiempo y por tanto, yo existía más allá de aquel momento. Recordaba como mis manos se aferraban a un vaso frío como se aferran al último hilo de esperanza antes de caer al vacío. Recordaba la sensación de estar a punto de caer. Me decía a mi misma “hoy me encuentro a la orilla del abismo y estoy a punto de caer…”. La verdad es que nunca brinqué. Gracias a Dios que no brinqué. Simplemente seguí nadando, sobreviviendo a base de guiños, dudas, cafeína y un poco de alcohol. A final de cuentas mis miedos flotaban en ese vacío. Y ese vacío parecía eterno, profundo, infinito. Parecía tan real, tan cierto como mi falta de sentido. Tan vivo como mis dudas, mis confusiones, mis esperanzas de que llegara algo a mi vida que le diera sentido. El deseo de que cada noche fuera la noche que me sacara de aquí. Ninguna noche era la noche, pero hubo infinidad de barcos que quise tomar y que no me llevaron a ninguna parte.

Aquella yo parece tan lejana y sin embargo, hoy está aquí, conversando conmigo, explicándome aquello que entonces no lograba entender. La verdad es que no sabía escucharla. Podría decir también, pretendiendo dudar aunque se que es muy cierto, que no quería escucharla. Han sido muchos kilómetros de correr, muchos kilómetros de nada bajo la tormenta, muchos kilómetros recorridos hasta llegar a este pequeño puente en medio del camino, a este pequeño espacio de vacío y posibilidad, a este acogedor café donde nuevamente me siento frente a mí y converso con toda la verdad que me cabe en el corazón y que poco a poco va cimentando la bóveda que cerrará aquel vacío por siempre. Por fin llegó el momento que tanto ansiaba. Por fin siento que una noche es la noche y sé que lo es porque más que nunca me siento vacía y llena a la vez. Porque más que nunca tiemblo de frío y de miedo sabiendo que yo soy ese frío y ese miedo, y también soy el amor, la risa, el cariño, el esfuerzo y la valentía que tanto amé. Por primera vez siento que estoy haciendo las paces con mi pasado para decirle adiós.

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