Mañanas calladas
Amo la calma de las mañanas calladas. Levantarme, soltar el sueño, caminar con mis pies descalzos sobre el barro cocido hasta aquel lugar mágico, donde las formas y los colores cambian, los aromas conquistan y el placer de la charla amena conmigo misma me inspira a repetir interminablemente este ritual.
Tomo la sabia y el tesoro negro, los mezclo creando formas ilógicas que quizá hablen de futuro y que a mi me hablan del presente, de la mañana, de las formas que se disuelven en ellas mismas, que se olvidan, se subliman hasta el punto máximo de una mañana de sol y aire fresco, de meditación con los ojos abiertos y de esperanza silbada con voz de viento y aves.
Disfruto tanto estar así, en ese espacio y tiempo precisos donde no existe nada, tan solo paz. Tan solo mis reflexiones danzando suavemente la música del mundo, del amanecer prometedor y sincero, tranquilo, en comunión con el todo y la nada, con los seres, las voces, los ecos lejanos y el susurro pendiente en mi oído y en mi corazón.
Amo las mañanas de sol y aire fresco, de soledad, de paz, de comunión conmigo misma. Amo el sabor de la sabia en mi boca y el calor en mi vientre inundándome de esperanza para un nuevo día. Amo mis mañanas de ritual, mis mañanas vivas y brillantes, amo la paz que siento cuando me siento, sintiendo que estoy conmigo.

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