Un río
En estos instantes de arrojo quisiera tener un río frente a mis ojos, mirarlo, observarlo desde dentro y por dentro encontrar el valor de soltar mis alas y llorar, llorar hasta cambiar de color el caudal del río, hasta llenarlo de peces verdes imaginarios y cambiar el curso de su corriente para no bracear en contra de toda su fuerza. Estaba escrito que así sería, que volvería, que no me había ido nunca flotando en una nube negra hasta las orillas del abismo, encontrarme aquí, cerca, tan cerca de la nada, del origen, tan lejos de los ojos que ansiosos miran, desnudan, espejean y tiemblan ante el dolor de un secreto descubierto. No hay nada de mi que no hayas visto, tu que todo lo ves como un murmullo cuando recorres mis caminos, mis tortuosos límites y deformes formas de formar mi vida, mi destino. Cansada ya de remar tiro mi fe al agua y detrás me aviento yo a perseguirla, aquella que se va tan solo cuando necesito un pretexto idiota para no remar, para nadar, para sumergirme en las aguas profundas del abismo sin fondo que tanto temo, que tanto huyo y en el que grito para no sentir que me encuentro sola, a oscuras, a tientas moviéndome aunque no lo quiera. Solo un aroma me rescata y es la ilusión de ti que no me deja nunca. Me envuelve y me lleva, me salva, me rescata de mis propias garras, mis propios profundos y negros ojos, los de la noche, los del abismo, los de la nada. Como quisiera tener frente a mi un río para sin buscar pretextos lanzarme a sus brazos y rompiendo la existencia, nadar en sus brazos.

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